—¿Quiénes son?

—Hombres de bien; abra y no tema.

Sentíase rumor de sables que se golpeaban.

—Me ha pillado dormido—decía el paisano entretanto, comprendiendo que un minuto que lograra detenerlos en la parte de afuera, sería bastante para que sus dos huéspedes se escaparan.

Después ya sabría él cómo arreglarse con los soldados.

La mujer temblorosa permanecía en un rincón. Insúa ayudaba a Alarcón que cortaba sin ruido los quinchos de paja.

De afuera sacudieron la puerta, y se oyó una voz, más baja y melosa, que decía:

—Abra no más y no salga que hace frío.

—José Golondrina—murmuró Alarcón al oído de su jefe.