Y era él en efecto. Dos días antes había salido de Santa Fe con una partida a la que servía de baqueano para batir las rutas y llevar noticias de lo que pudieran observar. Habían pernoctado en el rancho, construido expresamente sobre el vado, donde vivía un isleño que era un espía, y se disponían a seguir por la margen del Saladillo hacia el norte, cuando esa tarde vieron pasar a Insúa y a su ayudante.

José Golondrina dijo al jefe de la partida:

—Yo conozco estos pagos. Hay un "puesto" en Mocoretá, y allí han de parar hasta que descansen los caballos que van sudados. La luna sale tarde y no se han de ir antes que salga.

Y el jefe, que conocía la astucia del indio, los dejó pasar sin mostrarse y se preparó para caer sobre ellos cuando estuvieran "mateando" en el rancho.

Y ocurrió como lo habían previsto.

Agolpados todos cerca de la puerta, aguardaron que el dueño les abriese, seguros de coger a Insúa y a Alarcón en aquella ratonera.

Mas la tardanza en ejecutar la operación tan simple de quitar la tranca, disgustó al jefe de la partida, el cual sospechó algo.

—¡Abra, canejo!—gritó impaciente; y sin esperar más, volvió su caballo, poniéndolo de ancas contra la puerta, le pegó un sofrenón brusco, y el animal dolorido dió tan formidable empellón, que las maderas crujieron y la puerta cayó con marco y todo.

Los cuatro hombres de la partida, se precipitaron al interior del rancho, menos José el indio, que se quedó fuera mirando hacia el monte, que en la densa obscuridad aparecía como una mancha de tinta.

Vió cruzar dos hombres, y gritó: