—No pierda tiempo, mi jefe; ya no están ahí; ¡allá van corriendo, para ganar el monte!

Un coro de maldiciones respondió, y un grito de dolor rasgó la noche.

El jefe acababa de ver el ancho boquete abierto en los quinchos de la pared, que el puestero había querido en vano disimular, arrojando un apero.

Comprendió que lo habían burlado.

Era un paisano flaco, pequeño, con ojos crueles.

Miró al puestero que temblaba de miedo, y rápido, como un gato del monte cayó sobre él, y le enterró el facón en el vientre.

La mujer dió un grito, y el pobre hombre cayó como un buey fulminado, mientras la gente de la partida corría hacia el monte, donde se habían refugiado ya Insúa y Alarcón.

Éste llevaba su carabina, mas no convenía hacer frente. En la obscuridad de la noche, no habría podido apuntar; lo mejor era buscar los caballos que pastaban por allí, cortar los lazos y saltar sobre ellos, que estaban ensillados, con las riendas al pescuezo.

Cuando penetraron en la sombra del monte, oyeron el grito del indio José, y luego sintieron el tropel de los soldados que corrían.