Pero en pocos segundos habían saltado sobre sus caballos, y huían, como dos centauros, tendidos sobre el cuello, a través del bosque, sufriendo a cada instante el chicotazo de las ramas espinosas que no podían esquivar.
Detrás, como una avalancha, partieron sus cinco perseguidores.
El monte, de grandes algarrobos seculares, era limpio de zarzas, y podían huir sin grandes tropiezos. De cuando en cuando les disparaban algún tiro cuya bala se perdía silbando, lejos de ellos.
Y así corrieron, aumentando la distancia, por entre la densa arboleda, sin riesgo de que pudieran rodearles, hasta que llegaron a un terreno bajo, donde no había árboles, y que se extendía en un solo pastizal, ilimitado, suave y fresco.
La luna salía, llenando de luz el bañado, sobre el cual se dibujaban nítidamente las siluetas de los dos fugitivos.
Insúa temió que viéndoles les hicieran fuego, mas no ocurrió eso; sus perseguidores, llegados a la vasta planicie, abriéronse en dos alas, para rodearlos.
—¡Maldición!—dijo Insúa, sintiendo que su caballo cansado, por la carrera de todo el día, empezaba a aflojar.
—¡No importa, mi capitán!—respondióle su compañero, que empezaba también a quedarse atrás—si ganamos el garzal, no nos agarrarán en toda la noche.
Al frente, en la línea que seguían, a la luz de la luna, divisábase el garzal, un inmenso pajonal, en cuyo centro, en una isleta casi inaccesible de totoras, hierbas altas y fuertes como cañas, anidaban millares de garzas, tuyangos y ocós, toda la fauna acuática de aquellas regiones, con la seguridad de que hasta allí el hombre no era capaz de llegar.
Veíase que la intención de sus perseguidores era impedirles alcanzar este refugio, porque las alas empezaban a cerrarse, y como iban bien montados, con caballos frescos, no hubiera sido imposible que lograran su intento, si los caballos de los dos revolucionarios no hubieran hecho un supremo esfuerzo, ya en el linde del garzal, donde penetraron a saltos, quebrando las altas totoras, resecas por el invierno.