Alarcón marchaba adelante; Insúa le seguía, por la brecha que él formaba aplastando las cañas. De cuando en cuando torcía bruscamente el rumbo, de manera que no pudieran verlos desde afuera. La tupida cortina de totoras se alzaba como un murallón. Ni aun de día habrían podido seguirles con facilidad sus perseguidores, y a esa hora la tarea resultaba imposible y expuesta, porque Alarcón, que conservaba su carabina e Insúa su revólver, los habrían fusilado a mansalva, antes que ellos pudieran verles.
Por eso, cuando minutos después llegaron los soldados hasta el garzal, detuviéronse indecisos. Había huellas que podían guiarles, pero ya entre las cañas, altas de cuatro metros, tronchadas en diversas direcciones por las haciendas que sabían refugiarse allí, no era posible en la noche, hallar las verdaderas señales del paso de Insúa.
—Hay que cuidar la parte del Este—dijo el indio José.—Por ese lado han de salir, buscando el camino de Helvecia, a través del Campo del Medio.
Toda la partida, en efecto, continuó al galope, por la costa del inmenso garzal, que parecía un mar de plata, a los rayos de la luna que fundían todos los perfiles.
De vez en cuando sentíase el vigilante grito de los chajás, que adivinaban la presencia de los hombres. Algunas brujas, grandes aves nocturnas, revoloteaban, manchando con sus sombras el cielo azul, inundado de luz.
Insúa y Alarcón avanzaban siempre hacia el centro del garzal. Cuando llegaron a los escondidos lugares donde las aves acuáticas tenían sus refugios, a cada paso que daban, encabritábanseles los caballos, asustados, porque de entre sus patas se alzaban gritando los ocós y las garzas, que dormían en sus nidos de cañas dobladas, cimentadas con barro, a breve distancia del suelo.
Un lodo pegajoso, indicio de que durante el verano y el otoño todo el terreno estaba anegado, hacía más fatigosa la marcha. Los caballos rendidos, se paraban. Dábanles un resuello, y con las espuelas ensangrentadas ya, los obligaban a marchar, resoplando, medrosos, ante aquellas sombras que surgían del suelo bruscamente, y aquel perpetuo crujido de las cañas que estallaban al quebrarse.
Así llegaron al centro, donde había una laguna, en que los patos dormían en bandadas inmensas, que se alzaron con un ruido de granizo, al sentir a los dos hombres.
El sitio era limpio, alejado casi media legua de la orilla. No había totoras, y la tierra cubierta de verdes canutillos, parecía un fresco tapiz, mas los caballos se negaban a entrar, conociendo que debajo de los pastos había un metro de agua.