Entre las totoras de la orilla, donde el suelo era firme, aunque barroso y húmedo, se quedaron los dos fugitivos, y echaron pie a tierra para dejar descansar sus caballos.
—Por esta noche no hay peligro—dijo Insúa, desensillando su caballo, para soltarlo atado con el lazo que llevaba arrollado.
Del lomo sudoroso de los animales se alzaba un vaho denso. El frío era penetrante y parecía caer como una lluvia impalpable y helada, del cielo limpio, barrido por el viento.
—Se van a pasmar—dijo Alarcón, cortando un puñado de paja seca y friccionando rudamente la piel humeante de su caballo.
Insúa, silencioso, pensaba en cosas lejanas. La vida tenía ahora para él más precio, y aún envuelto en la emoción de la lucha, sentía las ligaduras que ataban su corazón a la Casa de los Cuervos.
—¡Oh! ¡Gabriela, Gabriela!—pensó—¡qué profundamente has entrado en mi alma!
Alarcón dejó los caballos y se puso a construir una ancha cama, a la manera de los nidos de las garzas, de totoras entretejidas y dobladas. No bien estuvo dispuesta una, Insúa se tendió sobre ella con el aire de un hombre rendido, y se envolvió en su blanco poncho de vicuña.
Su compañero sonrió adivinando en qué pensaba el caudillo.
—Yo haré la guardia, mi capitán—le dijo.