—Hasta la media noche—respondió Insúa—a esa hora yo te relevaré. Partiremos antes del alba.

Pero antes de la hora, en el viento que empezaba a soplar con fuerza del lado Sur, llegó una obscura cortina de humo, cálido y acre.

—¡Mi capitán, mi capitán!—gritó Alarcón.

Insúa saltó de su lecho de totoras.

—Han incendiado el garzal.

Los caballos empezaban a asustarse. Hacia el Sur sentíanse ya los gritos de las aves sorprendidas por el fuego, pero aún no llegaba hasta ellos el chisporroteo de la llama.

La columna de humo envolvía el garzal, sin levantarse mucho, porque arriba el viento la desgarraba, y sus blancas volutas, iluminadas por la luna, se enredaban como banderas entre los haces de totoras.

En un minuto estuvieron ensillados los dos caballos, que amujaban las orejas y cavaban la tierra con sus cascos impacientes.

Cuando Insúa iba a saltar, Alarcón dijo:

—Mi capitán, no monte en el suyo, monte en el mío, y deme su poncho. Así nos confundirán, y podremos escapar con facilidad.