Insúa que fiaba en la sagacidad de su compañero, aceptó el cambio, y subió en el otro caballo, mientras Alarcón saltaba sobre el tostado famoso del caudillo.
Entre las rachas de humo que se hacían más espesas, contornearon la laguna del garzal, sobre la cual revoloteaban millares de aves, graznando, encandiladas por el incendio, y entraron entre los totorales de la opuesta orilla, azuzando a sus caballos, más acostumbrados ya a romper las cañas con el pecho.
De pronto dijo Insúa, deteniéndose:
—Si han incendiado el garzal por la parte del Sur, deben cuidar el Norte.
—Así ha de ser—contestó Alarcón.
—Entonces es preferible buscar camino al naciente.
—Yo creo, mi capitán, que debemos separarnos. Usted hacia el Norte, yo hacia el naciente, aunque ellos vigilen por allí. Si han incendiado el Sur, el viento que es pampero, ha de haber hecho correr el fuego por todo el poniente.
Y así se apartaron, citándose para el camino de Helvecia. Al despedirse, Alarcón estiró la mano a su jefe.
—Adiós, mi capitán. Aunque me maten, no se olvide de mí.
En la noche, entre el humo y el reflejo del incendio que llegaba ya, el valiente revolucionario, con el poncho blanco flameando a sus espaldas, agitado por el viento, parecía un caballero de leyenda.