Insúa tuvo miedo al verle, tan fantástica era su figura en el cuadro aquel, y tembló recordando sus presentimientos de esa mañana.

Le apretó la mano con extraordinaria efusión y se separaron los dos, Insúa hacia el Norte, Alarcón hacia el Este, donde quedaba el camino del Campo del Medio.

El jefe sentía el incendio a su izquierda, como si el viento, remolineando, sin dirección fija, hubiera hecho correr la llama por el contorno de esa parte del garzal, cuyas totoras resecas eran un admirable pasto para el fuego.

Corría más la llama que él, y eran como dos brazos de oro fundido que le perseguían para estrecharlo antes de que saliera de entre los totorales.

Llegó a pensar que habría sido mejor buscar una salida hacia el naciente, aun defendiéndose a tiros, porque por allí el incendio no debía haber llegado todavía.

El caballo espoleado con crueldad avanzaba dando botes. A veces caía, resbalándose sobre las totoras, enredadas al rededor de un nido, en que algunos polluelos estiraban sus largos pescuezos ansiosos.

Insúa lo hostigaba, sintiendo en la espalda el aire abrasado, y el pobre animal, lleno de pavor más que de bríos, soplaba con furia y se alzaba temblando, para marchar rompiendo siempre aquella inmensa malla de pajas crepitantes y lustrosas.

Cuando llegó al borde del garzal, cerca ya del bañado, una racha de viento desgarró la cortina de humo, que lo envolvía todo, y él pudo ver hacia el naciente el incendio más pavoroso como si le hubieran dado contrafuego.

Tembló por su compañero. Fué a volver, en su auxilio, por la brecha que él mismo había abierto, pero una inmensa columna de humo se alzó de pronto, a un centenar de pasos, de donde él estaba, entre las totoras que acababa de cruzar, anunciándole que todo aquello no era más que un solo brasero.