El cielo que se había cubierto de nubes, se enrojecía con vívidos lamparones, que desgarraban la negrura de la noche con reflejos sanguinolentos. Altas, muy altas, veíanse cruzar las garzas encandiladas, y graznaban las gaviotas que habían acudido al espectáculo.
En el horizonte hacia el Este, pintábase ya la barra limpia, color de oro, anunciadora de la mañana.
Un minuto que perdiera, sería su muerte, pensó el revolucionario, sintiendo los gritos de uno de los hombres, que de lejos a su izquierda, le había visto a la luz del incendio, y se echaba a correr sobre él.
Espoleó su caballo, y empezó a cruzar el bañado, seco en ese tiempo, pero difícil por la aspereza de la tierra que la hacienda había hollado y cubierto de infinitas madejas de camalotes resistentes como pequeños cordeles.
Marchaba con honda pena, preocupado por la suerte de Alarcón, que podía haberse visto envuelto en las llamas, sin camino de regreso hacia la laguna del garzal, donde habría podido librarse del incendio.
La luz se hizo, cuando llegó al linde del bañado con el monte, y los cascos del caballo tocaron la anhelada tierra firme.
Su perseguidor de la izquierda, lo saludó con un tiro cuya bala sintió silbar, y vió entonces a la derecha el grupo de los soldados que se echaban sobre él, a todo lo que daban sus caballos.
Y empezó de nuevo la carrera, a través del monte, lleno de silencio y de sombra, azotándose con las ramas espinosas que se alargaban sobre él, como para detenerlo a traición, oyendo el resonante galope que le perseguía como un trueno lejano, y el alarido de los perros, por donde comprendía que iba menguando la distancia y que su caballo empezaba a aflojar. Hasta que, de pronto, parecióle que todo se anegaba en el silencio invernal del bosque, y volvió la cara no oyendo ya ni a los perros ni a los hombres, y observó que habían desaparecido.
Comprendió que engañados por el cambio de poncho y de caballo, que le sugiriera Alarcón, creían haber perseguido a éste, y se volvían para rodear en el garzal incendiado al jefe de los revolucionarios, seguros ya de no dejarle escapar.
Alarcón en tanto, quebrando la valla de totoras había marchado hacia el Este de la lagunita donde pasaron la noche.