Estaba seguro de que por esa parte se encontraría con los soldados, y ese era su oculto propósito. Se haría perseguir, con su poncho blanco, iluminado por el alba que clareaba ya, y daría tiempo a su jefe para escapar.
Mas he aquí que siguiendo su penoso camino, cuando se había internado profundamente entre aquellos tupidos y recios pajales, una extensa faja incendiada le cerró el camino con su vaho de infierno. El viento era contrario a la llama, pero de vez en cuando algún remolino caía sobre ella y mesándola en todas direcciones la hacía penetrar en rojas lenguas a través de las cañas secas y sonoras.
Buscó una salida y no hallándola, oblicuó hacia el norte, porque la gran masa de fuego llegaba del sur, arrastrada por el pampero. Y después de marchar un rato, un aletazo del viento arrojó sobre él una obscura cenefa de llamas envueltas en el humo áspero de los pastos verdes.
Tenía que volver, y con paciencia, comprendiendo que debía esperar en medio de la laguna que sus perseguidores cayeran sobre él cuando el incendio hubiera devastado su inexpugnable refugio, volvió riendas y empezó a desandar su jornada, siguiendo sus propias huellas.
Y de nuevo la llama que había avanzado rodeando la laguna le cortó el paso.
Ni para el Norte, ni para el Sur; ni para la izquierda, ni para la derecha. Todo estaba incendiado. Quiso cruzar la napa de fuego que lo separaba de la laguna donde podía salvarse, y el caballo se le encabritó y volviendo grupas empezó a patear las llamas que corrían como millones de culebras de oro.
Debía morir, y se resignó, con ese fatalismo criollo que se allana mansamente al destino.
Ya él lo había presentido, oyendo graznar a los cuervos, y aunque su jefe no creía, él tenía ya la muerte en el alma.
Había una isleta libre entre la mar de fuego que avanzaba por todos los rumbos, se retiró al centro, y se puso a mirar con sus ojos azules, serenos, la llama que llegaba en su busca. Las cañas se retorcían gimiendo, y en la parte húmeda y verde que se hundía en la tierra, estallaban cohetes que asustaban al caballo.
Alarcón lo palmeó en el cuello para aquietarlo. Echó pie a tierra y se puso a desensillar pensando que era una tristeza que se perdiera aquel soberbio tostado que se había hecho tan famoso como su dueño. Quitóle después el freno, lo enderezó hacia el Este, y le dió un lonjazo para que tratara de salvarse huyendo a través del fuego.