Pero fué en vano; el animal corrió hasta las llamas, tronchando las totoras; y allí bruscamente, volvió el anca, y se puso a dar coces sin alejarse del fuego que avanzaba sobre él.
Alarcón agachó la cabeza para no verlo. Sentía los gritos de los polluelos que se asaban en los nidos, y arriba, sobre su cabeza, la protesta de miriadas de garzas blancas y gansos rosados, que volaban sobre las nubes, asistiendo al incendio de su refugio y de su prole.
Un rumor como si centenares de carros volaran sobre la llanura producían las llamas mesadas por el viento, entre las altas cañas que podían ocultar un hombre montado.
El humo y el calor de horno que le envolvía empezaban a desvanecerle. El fuego estaba a cincuenta pasos de él, y envolvía totalmente el sitio en que su caballo moría pateando siempre al invisible enemigo.
Comenzó a salirle sangre por la nariz, y como de pie no podía respirar, miró por última vez el cielo, manchado de nubes ahumadas y el sol que ascendía, haciendo huir la noche en el sombrío bosque, por donde a esa hora galopaba su jefe, y se echó en tierra pegando la cara con el barro fresco, que pudo hallar al pie de las totoras, envuelto en el poncho blanco de Insúa.
Cuando al caer la tarde se extinguía el inmenso brasero del garzal que había ardido todo el día, José Golondrina, que acechara ansiosamente para impedir la fuga del que todos creían que se estaba quemando allí adentro, montó a caballo, y se internó en la llanura cubierta de ceniza y de matas ennegrecidas que se desmoronaban bajo las pisadas del caballo.
De algunos montículos, donde habían estado más tupidas las totoras, surgían aún haces de chispas, que caían como un polvo de oro sobre el rescoldo tibio.
A tres cuadras de la laguna halló el cadáver del caballo de Insúa, y a poco más allá, el cuerpo del que creyó su rival, con la cara sobre la tierra blanca de cenizas, como dormido en el profundo silencio de la tarde.