Reconoció su poncho blanco de vicuña, quemado en parte, su lujoso apero, sus armas, y echó pie a tierra, y con el taco de su bota pisó el cuello del muerto, que envolvía la manta, sintiendo que la carne calcinada se desmoronaba también como aquellos montículos de que estaba sembrado el garzal.

Y sus ojos pardos se llenaron de luces, que brillaron un momento, como los haces de chispas que surgían de entre las matas encendidas aún, cayendo como una lluvia de oro sobre el rescoldo tibio.

Y pensó que ahora podía reinar sobre su tribu reconstituída por él.

IV
Yo lo maté, pero voy a morir...

Días antes Syra, que rara vez salía desde la muerte de su novio, visitó a las vecinas, en cuya casa solía verse con él.

Empezaban a encenderse las luces cuando ella terminó su visita, y se marchó.

En la calle solitaria a esa hora, encontróse con una negra vieja, hija de los esclavos de otros tiempos, limonera, que caminaba pegada a las paredes, estirando una mano seca a los raros transeúntes.

Conocíala Syra y la socorría en día fijo de la semana.

La vieja se le acercó, y le dijo en voz baja: