—¡Amita! me mandan a buscarla, si quiere ir, en interés del hombre que llora.

—¿Quién te manda?

—José el indio.

—¿Dónde está?

—En el cementerio de San Antonio.

—¿Qué quiere de mí?

—No me lo ha dicho.

Pensó Syra un momento, arrimada contra uno de los pilares de su casa, a la cual había llegado, y tuvo el presentimiento de que la vieja esclava decía la verdad, y que las misteriosas palabras con que había aludido a su novio muerto, tenían realmente relación con la extraña cita.

Observó si alguien más la había visto, y creyendo que no, se arrebozó en su chal como una mora, descubriendo los ojos nada más, y siguió la calle del Cabildo, hacia el Oeste, para doblar al Norte tres cuadras más allá.