El velo ceniciento que el crepúsculo había arrojado sobre la ciudad, se iba oscureciendo como un denso crespón, y cuando Syra llegó frente a las tapias del cementerio de San Antonio, cuya capilla abandonada, al borde de la calle, en aquellos arrabales silenciosos, parecía llena de las almas de los muertos, era casi de noche, y no vió la silueta del indio, acurrucado contra la puerta.

—Niña Syra—le dijo, y ella tembló ante aquella voz que parecía surgir de la tierra.

Él se paró y le murmuró al oído.

—¿Siempre se acuerda de él?

Syra lo miró, y vió sus ojos lucientes como los de un gato en la sombra.

—¿Qué te importa?

—¿Lo has olvidado, entonces?

—¿Para eso me has llamado?

—Sí, niña, para eso. Quería saber si después de muerto, iba a seguir siendo agraviado.