—¿Por quién?

—Si su merced me manda, niña,—dijo con voz sumisa el indio,—yo le diré; pero si lo ha olvidado ya, y no piensa vengarlo, no quiera saber lo que iba a contarle.

Chilló una lechuza bajo el alero de la capilla, y su grito glacial entró en el alma de la joven como un escalofrío. ¿Qué podía ser aquello que el indio le iba a contar? Ella sentía pasar los días cargados de odio, porque en su corazón apasionado, no se aplacaba el amargo anhelo de vengar aquella sangre que manchó su traje de baile y de novia.

—¿Qué me vas a contar?—dijo simplemente—yo no lo he olvidado.

—Pero en su casa sí—respondió el indio—en la Casa de los Cuervos, ya ni su madre lo recuerda, y su hermana está para casarse con el que lo mató.

Dijo estas palabras en voz baja, no más fuertes que el susurro del áspero ciprés que había al lado de la capilla, mas parecióle a Syra que la voz retumbó como un trueno, y miró a su alrededor, por si alguien había que pudiera escucharle.

El camposanto, sembrado de cruces negras, parecía un vasto sudario arrojado sobre millares de muertos que yacían juntos, marcando con sus cuerpos el pequeño relieve de los túmulos blancos.

Ni una luz se veía en ese barrio, de tapias roídas por el tiempo, y de pencales verdes y espinosos, señalando el linde de las heredades.

Llegada la noche, aquellos parajes siniestros, adonde Syra no había temido acercarse, quedaban librados a los cuervos, a las lechuzas y a los perros sin amo.