Los perros ladraban en las noches de luna; las aves callaban, y el enorme silencio pesaba allí durante horas, como una lámina de plomo, hasta que al toque de ánimas, que llegaba de todas las torres de la ciudad, graznaban las lechuzas y resonaba el eco en la sombría capilla, cuya puerta solía abrir el viento.
—¿No has mentido?
—No, niña.
—¿Vas a jurar?
—Sí, por la tierra donde duerme mi madre—dijo él, y Syra creyó en su palabra.
Esa misma noche habló a Montarón, y le anunció que se iría a la Casa de los Cuervos a pasar una temporada de campo.
El repentino capricho pareció explicable y sus padres accedieron a mandarla en una volanta, que salió dos días después, cuando ya Rosarito estaba de vuelta y José Golondrina perseguía en el garzal a los dos fugitivos.
Syra llegó a la Casa de los Cuervos como una amiga, disimulando su amargura, para saber mejor aquella terrible verdad que le habían confiado.
Doña Carmen de Borja, ante aquella joven enlutada, que compartía su dolor, pero que la miraba con ojos extraños que buscaban su pensamiento, sintió miedo, temiendo por el secreto de aquel perdón que había dado a Insúa en el fondo de su alma y que nadie comprendería, si llegaba a saberse todo lo que ella sabía de la muerte de su hijo.