Y Gabriela tembló por su amor, como si en los ojos fulgurantes de Syra hubiera leído una sentencia; y como si ella y su madre se hubieran puesto de acuerdo, jamás nombraban al ausente en quien vivían pensando.

No nombraban tampoco a los muertos, de quienes parecían haberse olvidado todos en aquella casa, y cuyo recuerdo Syra había venido a avivar, como una cicatriz que duele y se abre.

A la siesta se reunían las tres mujeres en la galería bañada por el dorado sol de invierno y dejaban correr el tiempo, sin despegar los labios, como si sus pensamientos se hablaran en silencio.

Los peones se acercaban a pedir órdenes a la dama, que solía levantarse, dejando sola a Gabriela y a Syra.

Gabriela sentía los ojos de la hija de Montarón clavados sobre ella. Sugestionada por aquella persecución alzaba la frente, y la miraba. Syra, enlutada como una viuda, le sonreía, sin hablarle, mas su sonrisa no era amistosa.

Cuando algún incidente imponía la conversación, los espíritus parecían alejados y las palabras surgían sin cordialidad.

A veces, sin motivo, se acercaba la mujer del capataz, que rondaba aquellas escenas, como un perro fiel, husmeando la sangre del amo.

Gabriela pensaba que ña Floriana había adivinado su secreto, porque jamás mencionaba a Insúa, como si tal nombre le amargara los labios; y si era así, la astucia de aquella mujer podría haber comprendido los sombríos proyectos de Syra, que compartía con ella sola el deseo de vengar a los muertos.

Pasaban los días y aún Syra ignoraba si en verdad doña Carmen y su hija conocían que el hombre que albergaran en su casa era el matador de Carmelo y de Jarque.