Pero de aquellas escenas de pesado silencio, surgía la terrible sospecha de que ambas lo sabían y callaban para no romper el encanto del amor que nacía.
Una tarde llegó ñor Basilio el ovejero, y dijo a doña Carmen:
—En el campo de Mocoretá han quemado vivo al capitán Insúa. Uno de los que andaban en su busca de parte del gobierno ha dormido en mi rancho y me lo ha contado.
Doña Carmen guardó el secreto. Nadie habría podido sospechar la tormenta de encontradas pasiones que se levantó en su alma, porque su rostro permaneció inmutable.
Un poco más de ternura hubo en sus ojos al mirar a su hija; y en el pliegue de sus labios una fuerza mayor para imponer el silencio a las expresiones de rencor satisfecho que querían desbordar.
Pero esa noche todo cambió. A la hora de la cena sintieron llegar un caballo, que se acercó entre el ladrar de los perros hasta el árbol en que los cuervos dormían.
Gabriela corrió a mirar y dijo:
—¡Insúa!
La madre fué a desengañarla, contándole la historia que le habían referido, cuando entró el capataz y lo anunció, y luego el mismo capitán, que llegó con aire de fiesta.
Sin que nadie lo advirtiera, Syra corrió a su cuarto, cuya puerta daba sobre el corredor y se encerró por no verle.