Insúa se sentó a la mesa, y alejados los sirvientes, habló a la madre y a la hija.
Había mandado un chasque a don Julián, a fin de que esa misma noche llegara a casa de doña Carmen y debía estar al caer.
Era extraño lo que iba a decir, pero en su vida todo era así, extraño.
Doña Carmen escuchaba en severo silencio, con los ojos posados sobre el plato y las manos tiesas sobre el mantel. También en la vida de ella todo era extraño.
Insúa prosiguió:
—Quiero llevarme, señora, el talismán que ha de darme suerte. La revolución va a estallar en el plazo de tres días. Todo está pronto, y yo vengo a casarme, para que el amor de mi esposa sea mi fortuna en la batalla.
Gabriela había dado un grito. Insúa se puso de pie y esperó la respuesta. Doña Carmen bajó la cabeza asintiendo, mas no habló.
Sintióse rumor en el patio y todos salieron de la galería. Era don Julián que llegaba.
—¿Será esta noche?—preguntó la dama a Insúa.
—Sí, señora—contestó él, inclinándose.