Doña Carmen llamó a la mujer del capataz y le dijo lo que había, a fin de que preparase el oratorio donde debía de ser la ceremonia.

En la obscuridad del patio no vió el gesto de horror con que la mujer se apretó la cabeza.

Insúa y Gabriela se paseaban en la galería del lado en que estaban los cuervos. Uno de ellos, despierto, se espulgaba y sentían el áspero roce de su pico en el negro plumaje.

En el cuarto de los huéspedes doña Carmen atendía a don Julián. El comedor había quedado a obscuras, y nadie vió por eso entrar a Floriana, que se acercó hasta la pieza donde Syra se había refugiado y la llamó suavemente.

No le abrieron; quizá no oyeron la señal, que repitió dos veces, sin resultado. La joven, sin embargo, no dormía; sentíanse sus pasos y el rumor de su ropa.

Floriana miró por el agujero de la llave, y a la luz escasa de la vela, vió algo cuyo significado no comprendió. ¿Quién estaba allí? ¿Syra o Gabriela? ¿Quién era la novia que había venido a buscar el capitán Insúa? ¿Por qué si era Gabriela, Syra se vestía de blanco como si ella fuese?

Corrió al oratorio a concluir los preparativos de aquella fiesta que le llenaba el alma de rencores y a poco sintió la voz de don Julián que entraba con una maleta, en que traía un roquete, una estola y un libro.

Y luego llegaron todos. Gabriela vestida de negro, tal como estaba; Insúa como si terminada la ceremonia hubiera de partir al combate, doña Carmen de Borja, pálida, como una muerta, plegados los labios para no quejarse, y los peones, que habían de servir de testigos.

Se cerró la puerta, para que el viento no apagara las velas que ardían en dos candelabros iluminando crudamente la imagen de la Virgen rodeada de flores, y la alta silueta del cura, que hojeaba el libro, para leer las preces.