—Falta la niña Syra—dijo Floriana.

Doña Carmen hizo un gesto para que callara. Don Julián no la había oído, y llamó a Insúa y a Gabriela, y comenzó a leer aquella augusta alocución, que esa noche ponía un horror de tragedia en el corazón de todos.

De pronto sonó una carcajada en el patio, que a Insúa le heló la sangre; se oyó el graznar del cuervo despertado por el ruido, y la puerta del oratorio se abrió con violencia, y entró Syra, vestida de blanco, semejante a una novia, hermosa como una aparición, con el cabello suelto, como si no hubiera podido concluir su tocado, con la frente iluminada, y los ojos ardientes, y la risa en la boca crispada.

Apartó con fuerza a los que le cerraban el paso y corrió al altar y tomó a Gabriela de un brazo, y le dijo mostrando una gran mancha de sangre que tenía sobre el pecho, en el albo traje de baile:

—¡Yo era su novia, y él lo mató!

Y todos sintieron correr por sus venas el horror de haber comprendido, sin que ella dijera más, lo que significaba aquella sangre, quién era el muerto y quién era el matador.

Se abrió de nuevo la puerta, y una racha fría de viento apagó las luces, y sintióse en el gran silencio que se hizo el aletazo de un gran pájaro que había entrado sin que nadie lo viera, y que pugnaba por hallar la salida.

Se oyó entonces la voz de Insúa:

—¡Es cierto, es cierto! ¡Yo lo maté!

Se le vió, en la sombra, acercarse a Gabriela que había caído desmayada en brazos de su madre, no se oyó el ruido de su beso en la frente de la joven, pero sí la voz de él más tranquila, hablando desde el umbral de la puerta, como un adiós a la Casa de los Cuervos.