—Yo lo maté, pero voy a morir.

No hubo un gesto de nadie para responderle, ni se tendió una mano amiga para detenerle.

Salió; se oyó el graznar del cuervo, y luego el rumor del galope de un caballo, que se alejaba por la calle sombría de los eucaliptus.

V
La batalla de los Cachos

Una mañana, el catorce de Junio, Rosarito entró despavorida en el salón donde su padre estaba dando clase, a una veintena de chiquillos adormilados.

—¡Tata!—dijo simplemente—¡la revolución!—a Francisco anoche lo han muerto, según dicen.

Y cayó arrodillada en el suelo, llorando y escondiéndose la cara entre las manos, mientras los chicuelos aprovechaban el estupor causado en el maestro por aquella noticia, para desbandarse y huir de la escuela.

Desde tres días antes vivía la gente en Santa Fe aguardando la hora de la revolución. Sabían, los que estaban en el secreto, que don Patricio Cullen, desde "Los Algarrobos", bajaba con su gente hacia la ciudad, sublevando las campañas con ardorosas proclamas.