—¿Bien armados?—preguntó Montarón.
—Estos no; tienen sus cuchillos, que pueden ser lanzas, atados en una caña tacuara.
—¿Y los otros?
—Los que vienen en las chalanas son los suizos de Helvecia, armados con carabinas y con rémingtons. Algunos criollos tienen trabucos. La munición es escasa, pero no se necesitará mucha.
—Así es—observó Cullen—el éxito está en sorprender a la policía. Si no entramos en el primer asalto, la batalla está perdida, y no habrá más que desbandarse y buscar refugio donde sea posible hallarlo.
La luz de la lámpara le molestaba, por lo cual había buscado la sombra y hablaba desde allí. Sólo Insúa permanecía al lado de la mesa y sus ademanes y el brillo de sus ojos se armonizaban con todos los rasgos de su lujosa juventud.
—Y los que han llegado—interrogó—¿dónde están?
—En la barraca de Fosco, a orillas del río, al Sud, que es donde atracarán las chalanas, para estar más cerca de la policía.
Hubo una pausa, en que los tres prestaron oído al rumor de la lluvia, que de cuando en cuando se ahogaba en el fragor de un trueno.