Hizo una pausa, esperando alguna observación, y como no la hubo, prosiguió, con su voz suave y sus ademanes tranquilos:
—Por otra parte, ni Bayo, ni Iriondo son niños. Es verdad que toda nuestra mozada distinguida estará en el baile, y se pondrá a nuestro lado, pero las cosas no se llevarán a cabo sin riesgos; porque supongo que no serán esos dos los únicos iriondistas que habrá invitado usted a su fiesta.
—He invitado a todos los que significan algo—respondió Montarón—no sé quienes irán, mas podemos contar con que no faltarán ni el ministro Pizarro, ni el doctor Zavalla, y habrá que tenerlos en cuenta;—y agregó haciendo uso de un término gauchesco—no son gente de arriar con la mano.
Insúa acabó por aceptar la importancia de aquella maniobra, que, en verdad, podía ser más eficaz que las briosas acometidas de sus paisanos a caballo, sembrando de muertos las calles de Santa Fe y huyendo una hora después del ataque.
Mediaba la noche y la lluvia había escampado, cuando los conspiradores, después de precisar los detalles de su plan, disolvieron la reunión.
Don Pedro Montarón escurrióse de nuevo hacia la huerta, y saltó la tapia. Don Patricio Cullen, se envolvió en una capa obscura, con vueltas de terciopelo, y salió franca y gallardamente a la calle, como si nadie pudiera sospechar de él.
Al cruzar la esquina de la Matriz, no vió entre los arcos del pórtico una sombra cautelosa, que acechaba su paso. Era Jarque, quien no había querido confiar a nadie la delicada misión de averiguar las andanzas del jefe de los revolucionarios.
Don Patricio llegó a su casa, tranquilizado por la misma siniestra lobreguez de la ciudad dormida entre los barriales de sus calles sin empedrado.
Cuando Insúa apagó la lámpara y salió del comedor para llegar hasta el escondrijo en que debía pasar la noche encontró en la galería a Rosarito, cuyos ojos fieles radiaban en la sombra.