Insúa le estrechó la mano y le dijo con voz baja una frase que a ella la hizo estremecerse:
—¡Has nacido para mujer de un revolucionario!
IV
La levita de Cullen
Fué ese el primer día frío del otoño que empezaba a dorar el follaje de los árboles caducos y las frutas de los naranjos entre el verde lustroso de sus hojas persistentes, y alfombraba el suelo húmedo de las huertas, con el manto amarillo de las hojas secas.
La lluvia de la noche había lavado el cielo, y el sol se miraba esplendoroso en los charcos de las calles, donde los niños, que no iban a la escuela, chapoteaban el barro con los pies desnudos.
A las ocho en punto, la puerta de la escuela de Don Serafín, estaba sitiada por una banda turbulenta de escolares, sorprendidos por lo extraordinario del caso.
¿Qué podía haberle ocurrido al puntualísimo "Curuña", que no había abierto a la hora precisa, como acostumbraba, para que esa fuera la señal de arreglar los relojes del barrio?
A las ocho y cuarto empezaron los chicuelos a armar una tormentosa baraúnda, ante la puerta cerrada.