Los de familias pudientes habían sacado esa mañana por primera vez en el año, sus capas o sus abrigos de invierno, porque el pampero que traía el frío de las nieves del Sur, daba la señal de cambiar de ropa. Los más pobres, habrían tiritado bajo sus trajecitos de brin, si la algazara y el movimiento no les hubiera hecho bullir la sangre. Casi todos, en bolsas de tela, suspendidas de un bramante que les cruzaba la espalda, llevaban sus librejos envejecidos por el manoseo de algunas generaciones de escolares, que se los pasaban unos a otros, al abandonar las aulas.
Algunos revelaban su pobreza, no sólo en su traje inadecuado para la estación, sino en el detalle sobrado elocuente de carecer de libros y cuadernos, lo cual les obligaba a aprender en los Mazos rotosos que don Serafín ponía a disposición de ellos en la clase.
No eran los menos bulliciosos, empero. Todos, pobres y ricos, picados por la curiosidad golpeaban la puerta gritando ansiosos por entrar no al aula, donde se aburrían, sino al patio bajo cuyas anchurosas galerías podrían jugar a la rayuela o las bolitas si es que "Curuña" estaba enfermo o había muerto y se imponía la vacación.
No estaba muerto el mísero, mas habría deseado estarlo, porque en ese momento pasaba las angustias de un ajusticiado, bajo el ojo severo de su amigo Jarque.
Se levantó más temprano que de costumbre, y por lo menos una hora antes de las ocho, estuvo dispuesto para acudir a la cita que le diera el gobernador la noche antes.
No era cosa mayor su traje, pero envuelto en su capa—regalo del capitán Insúa—podía disimular la fementida levita y engañar al espectador en cuanto a la integridad de los pantalones.
Cuando empezó a trepar las escaleras del Cabildo, hacia el despacho del gobernador, recordó su pecado de esa noche dando albergue a los conspiradores y le temblaron las rodillas.
Parecióle un calvario aquella ascensión y cuando llegó a la sala de espera, donde aguardaban los postulantes, consultó su reloj para comprobar la marcha de un péndulo que allí había.
En este momento se le acercó Jarque y lo tomó del brazo y lo llevó con alguna prisa, que llenó de pavor al maestro, ó la oficina de la Jefatura de Policía, que formaba cuadro con el salón de espera, en una de las alas del edificio.
Entraron al despacho, una pieza grande y fría, con pobrísimos muebles, una mesa de caoba y algunas sillas de estera. Jarque cerró la puerta, aumentando la confusión del maestro, que todo trémulo, buscó asiento, sin atreverse a despegar los labios ni a hacer más gesto que el de consultar su reloj, el cual marcaba las ocho menos cuarto.