El maestro acercó al oído su maravillosa máquina, y constató con horror que en efecto se había parado algunos minutos antes, falto de cuerda.

—¡Ah, miserable!—exclamó golpeándose la frente.—He deshonrado mi reloj. Por primera vez en treinta años, anoche por culpa de las visitas, me acosté sin darle cuerda.

Jarque sonreía.

—¿Tuviste visitas, Serafín? ¿Haces tertulia ahora? ¿Estás por casar tu hija?

El maestro, que daba cuerda a su "Losada", se quedó frío al oír aquello. Un poco más y en su turbación habría puesto al astuto jefe de policía sobre la pista de la conspiración tramada en su casa.

Jarque observó la ingrata impresión que causó su pregunta, y para no espantar la caza, se puso a hablar del asunto que más interesaba a su amigo.

—Realmente—le iba diciendo—era una iniquidad que un hombre del mérito de don Serafín Aldabas, que servía a la provincia con tanta abnegación, educando a los futuros ciudadanos, pasara miserias por negligencias del gobierno en cumplir sus promesas.

—¿No es verdad?—exclamó encantado el maestro—es lo que digo; un maestro es un servidor de la provincia.

La misma subvención—seguíale diciendo el jefe—era irrisoria; ya el Gobernador se lo había dicho. Debía dársele cuarenta pesos por lo menos.

—¿Cuarenta pesos? Es lo que tengo ahora.