—Hay fondos—dijo—y la voluntad del Gobernador era mandar pagarte; pero hoy mismo le han traído una denuncia que te compromete.
Don Serafín sintió que las piernas le empezaban a temblar, y echó mano del reloj.
Jarque se puso a mirarlo y sus ojos astutos lo turbaron más.
—Deja el reloj, Serafín; y si no quieres perderte dime la verdad: ¿a qué fué don Patricio Cullen a tu casa anoche?
El maestro se quedó lívido, pero decidido a morir antes que delatar a sus amigos, contestó con un soplo de voz:
—A visitarme...
—Aprovechando la bondad de la noche... ¿eh? ¡Serafín!, ¡Serafín!
—No; la noche era mala, muy mala, quizás la peor que he pasado en mi vida...
—Sí, lo creo; y esa visita a esa hora, y la turbación que muestras y que dice estás mintiendo, han puesto en peligro la subvención de tu escuela, y lo que es más grave, tu seguridad personal. ¿Por qué me engañas? Don Patricio no fué a visitarte.
Don Serafín tuvo entonces un rayo de luz. Se acordó de algunos rasgos nobilísimos del carácter de Cullen, el cual disimulaba sus caridades con tacto exquisito y se animó a echar una mentira salvadora.