—¡Oh, Braulio! ¡Desconfías de mí! Sabrás, entonces, toda mi vergüenza: Don Patricio fué a llevarme una levita.
—¿Una levita?—exclamó Jarque sorprendido.—¿Para qué te fué a llevar una levita?
—¡Mira!—contestó don Serafín, poniéndose de pie, y dejando caer la capa, con el gesto de Friné delante de sus jueces.
Y Jarque pudo ver, en efecto, que su amigo tenía urgente necesidad de una levita, porque la que llevaba no merecía tal nombre, pues a más de los faldones que le faltaban, empleados en menesteres escolares, carecía de forros y los bolsillos no habrían podido cumplir su misión de tales.
La capa de don Serafín guardaba celosamente aquel secreto y por eso, de su levita ningún ojo extraño conocía más que las solapas.
Jarque se echó a reír, ante la figura desguarnecida de su amigo, y éste se puso rojo de cólera.
—¿Lo ves? ¿Lo sabes ya? ¿Comprendes ahora todo el valor del obsequio, y toda la nobleza de ese hombre, que no ha querido enviármelo con una criada charlatana, sino que ha ido él mismo, en persona, en una noche desagradable, a llevármelo, como una prueba de afecto?
Se arrebozó de nuevo en la capa y se dejó caer sobre una silla.
—¿Y por qué no te la has puesto?