Don Serafín tartamudeó un instante:

—Pues, porque—¡ahí verás!—no tenemos el mismo cuerpo, y Rosarito ha debido encargarse de achicarla.

Jarque pareció satisfecho y el maestro se quedó íntimamente halagado por su destreza, que había despistado al astuto jefe de los polizontes, y pensó que bajo su capa se ocultaba un fino espíritu revolucionario.

Hablaron luego de otras cosas, y de pronto Jarque preguntó:

—¿Siempre es tu hija tan bonita?

—Es como antes.

—¿Y siempre tan hacendosa?, ¡aquellas empanadas que ella hacía!...

Rosarito tenía una habilidad muy celebrada entre sus relaciones para confeccionar empanadas exquisitas, con que alguna vez obsequió a Jarque, como a algunos otros personajes de la ciudad.

—Cuando las haga—dijo el maestro—te haré mandar media docena.