—Gracias; prefiero ir un día de estos a comerlas en tu propia mesa.

—Cuando gustes, Braulio—respondió tristemente don Serafín, pensando si su hija no habría perdido ya la habilidad, dado el tiempo que no se hacían empanadas en su casa, por falta de recursos.

El jefe se había quedado caviloso.

—¿No sería posible hoy?—dijo.

El maestro vaciló. ¿Cómo iba a costear el gasto?

—Te seré franco, Braulio. Si hoy me pagaran, siquiera un mes, podría surtirme de nuevo en el almacén, y habría en casa cómo hacer empanadas. Si no...

El jefe de policía no aguardó más. Escribió unas líneas, que metió en un sobre y mandó con un ayudante a su destinatario, que don Serafín no pudo saber quién era, pero que debía ser el ministro o el Gobernador mismo, porque volvió al cabo de pocos minutos con otro sobre en que venía el dinero de cinco de los meses atrasados, doscientos pesos.

Deslumbrado por aquella fortuna, el maestro bajó tambaleando las escaleras del Cabildo, atravesó la plaza a grandes zancadas, sin cuidarse de su capa que flotaba a sus espaldas como dos alas abiertas, permitiendo a los ojos profanos iniciarse en el secreto de aquella levita misteriosa.