V
En la tarde del baile

La imagen de Syra Montarón, a los veinte años, debe perdurar en la memoria de los que la conocieron, como queda en los ojos la impresión del sol, cuando se lo mira.

En los países tropicales, el tipo de la hija de Montarón, es más común que en las orillas del Paraná. Pero aun así, en la pequeña ciudad de entonces, que los naranjos de las huertas sahumaban de azahar, con sus calles desiertas y sus tapias oscuras, roídas por el musgo, y sus siestas estivales, silenciosas y largas, y sus dos ríos y su gran laguna, que la ceñían en un abrazo de frescura, Syra Montarón estaba más en el marco apropiado para su belleza de reina mora, que la suave hija del maestro, con su vestido blanco y su manto azul, como una aparición.

Durante cinco años había permanecido enclaustrada en un colegio de Buenos Aires, saliendo solamente en los veranos, que pasaba en una quinta próxima a la gran ciudad, en casa de sus abuelos; y cuando al cumplir veinte años, volvió a Santa Fe, traía con las galas novedosas, adquiridas allí, y que eran raras en las tiendas santafesinas, una sabia coquetería de porteña.

Su madre, una paraguaya melancólica, con quien Montarón se casó en uno de sus viajes, pasábase los días en su dormitorio, que daba a la calle, chupando naranjas y leyendo novelas.

Syra tenía de ella la cabellera negra y abundante con reflejos de oro a la cruda luz del sol, y la tez pálida, con un leve color de trigo en la era. Pero sus ojos, negros también, no aparecían, como los de ella, anegados en la penumbra de un alma perezosa; sino encendidos en la llama de una voluntad imperiosa, que se adivinaba, asimismo, en su boca algo grande, roja, de firme dibujo.

La casa de Montarón en la calle del Cabildo, a media cuadra de la plaza, era de dos pisos, recién construída con un lujo desusado entonces, por el mismo arquitecto que edificó la de don Simón de Iriondo, lo cual halagaba la vanidad del opulento banquero.

Bajo los corredores que daban a la calle, enlosados de mármol, paseaban los galanes. En los primeros tiempos de la llegada de Syra, fueron muchos, hasta que ella los alejó con sus desdenes, que sólo uno de ellos perdonó, porque estaba profundamente enamorado.

Era Borja, el teniente de milicias, joven y gallardo, con su vistoso uniforme, su chaqueta de paño azul, galoneada de oro, pantalón rojo con franja dorada, su deslumbrante espadín que rozaba las paredes, con un ruido metálico, que un día fué para Syra la señal de salir al balcón a verle pasar.