Y eso ocurrió en la pasada primavera, cuando en la plaza se vestían las acacias de racimos blancos, cuyo perfume penetrante trastornaba el corazón y la cabeza. Syra sintió llegar el amor, como un sol que nace, y ella le confesó que lo amaba, y que había tardado en decírselo, para probar su constancia.
El opulento Montarón quería festejar el compromiso oficial de su hija con una fiesta, que sería a la vez una hábil celada.
En la tarde del baile, Syra llena de presentimientos que la angustiaban, fué a casa de una vecina amiga, donde solía encontrarse con su novio.
Vestía de luto, por un duelo de familia, y el traje negro, que esa noche dejaría de usar, ponía en su soberana figura una nota trágica, que Carmelo Borja observó con frío en el alma.
Se hallaban solos, en un patio de naranjos que la tarde llenaba de sombras. La tierra vertía agua, por la lluvia reciente, y entraron a una pieza, que tenía sobre el patio una ventana enrejada, en cuyo dintel se sentaron, buscando las últimas luces del crepúsculo.
Sin haberse hablado, habíanse trasmitido la indefinible pesadumbre que embargaba sus almas.
Syra conocía las opiniones políticas de su padre, y día por día aguardaba el estallido de una revolución en que él o su novio, combatiendo en filas opuestas, podían hallar la muerte.
Montarón conservaba una relación lo más estrecha posible, dadas sus ideas, con las familias de los hombres contra cuyo gobierno conspiraba, y cuando su hija le anunció el noviazgo con el joven militar, secretario de Jarque, ni por un momento vaciló en franquearle la entrada de su hogar.
Y en las tertulias frecuentes que se hacían los días de visita, Montarón siempre dueño de casa y dueño de sí mismo, sabía ser exquisito, aun con los adversarios que asistían a ellas, y en quienes producía la impresión de que Jarque lo había curado de sus veleidades revolucionarias, no dejando llegar a término ningún complot.