Syra comprendía, empero, que su padre tramaba la caída de Bayo. Continuos y misteriosos "chasques" o mensajeros, que llegaban de noche, y entraban, sin llamar, por una puertecilla falsa, le daban a entender que se aproximaba, quizás, el desenlace temido.

Montarón disimulaba ante ella, no queriendo exponerse al evento de su discreción de mujer enamorada.

En la noche de la lluvia, Syra sorprendió a su padre llegando de la huerta, con el traje embarrado, indicio elocuente de su excursión harto sospechosa a esa hora y con ese tiempo, y como en los últimos días habían aumentado las maniobras sospechosas, que la alarmaban, adivinó que los sucesos estaban próximos, y se llenó de terror.

En cualquier movimiento revolucionario, su novio, por su cargo, tenía señalado un puesto de peligro.

¿Cómo advertirle sin descubrir a su padre?

Doña Celia, que pasaba su vida en la hamaca o en un sillón frente a una ventana de la calle, anegada en su modorra habitual, no era capaz de desahogarla del peso de aquellos temores.

En la tarde del baile, vió a su padre alistar unas armas, y sintiéndose morir, bajo la angustia, corrió a la casa vecina donde al entrar la noche solía encontrarse con su novio.

Cuando se halló frente a él, le faltó la voz, y se echó a llorar, escondiendo la cara sobre el hombro de él.

Borja también presentía los sucesos que se aproximaban. Jarque se había apoderado de los hilos de la conjuración, y aunque ignoraba las circunstancias en que se desarrollaría el episodio revolucionario, comprendía que estaban envueltos en una intriga, que no podía tener más que un sangriento desenlace.

Aquel llanto de Syra, cuyo padre debía ser de los más comprometidos, aumentó su zozobra, porque era evidente señal de que ella había sorprendido algo que no podía confiarle.