—¡Syra! ¡Syra!—le dijo—antes me hiciste sufrir con desdenes, y ahora me haces sufrir con misterios, ocultándome lo que te apena.
—Es cierto—dijo ella, apartándose y dejando de llorar.—Has sufrido, porque no adivinaste que te quise desde el primer día en que te ví, aunque no lo pareciera, porque fuí injusta y coqueta. Y ahora sufres, porque tengo un secreto y no te lo puedo confiar.
Sospechó él de qué se trataba, y no quiso hablar, por no obligarla a traicionar a su padre.
Ella continuó diciéndole:
—Estoy llena de miedo. Yo no sé nada, me parece que he soñado lo que he visto, porque ni siquiera puedo decir que he visto algo; y me parece que todo se vuelve en contra de nosotros. Estamos a tres horas de la fiesta, y me vengo a llorar...
Él le acarició la cabeza que había vuelto a apoyar en su hombro, como buscando un refugio que la salvara de las visiones que la acosaban.
—Me da miedo la tarde, y me da miedo la noche que llega. Carmelo... ¿no temen nada, nada?...
—¿Qué podríamos temer? Todo está tranquilo, a su fiesta irán amigos y adversarios del gobierno, y será ésa una ocasión de acercarse, de tratarse, quizás de hacer la paz que todos anhelan.
Un rato habló así, tranquilizándola, y sintiendo que sus propias razones le tranquilizaban a él mismo, haciéndole ver cuán vanos y ridículos eran los recelos.