—Esta noche, Syra, te pido que cantes los versos del doctor Goyena, los que comienzan así: "Cuentan los sabios que la blanca luna..."

Ella no lo había besado nunca, pero esa vez, dominando todo su pudor, acercó su cara a la de él y lo besó apasionadamente, como si fuera a partir para un largo viaje.

Y salió huyendo de la casa, sin saludar a nadie, atravesando medrosa el patio, en que la noche había caído como un crespón negro, envolviendo los sombríos naranjos de amargo perfume.

VI
Una sombra en el hueco de la puerta

Borja no ignoraba que el día anterior Jarque, su jefe, había tenido un encuentro que podía ser un grave indicio.

Por la mañana a eso de las nueve, don Serafín volvió a su escuela que resonaba con la bulla de los niños, a los cuales Rosarito les había franqueado la entrada para que jugasen en el recinto abrigado de las galerías.

Ella misma, después de llevar el desayuno a Insúa que se aburría en la soledad de su escondrijo, bajó a jugar con ellos. El patio estaba empapado por la lluvia, pero las galerías anchas, con su techo de cañas, cubierto con largas pajas de las islas, y sostenido por sólidos pilares de algarrobo, tenían un piso de tierra endurecida, donde los chicuelos más hábiles podían dibujar sus complicados cuadros de rayuela.

Rosarito se sentó en un rincón, donde la cocina formaba un reparo, en el extremo del corredor, y los más pequeños corrieron a ella, para que les contara aquellos cuentos que iluminaron la niñez de su madre.

La niña era como un hada en el sombrío recinto de la escuela.