Cuando en las horas de clase, por animar un poco a los alumnos, entraba al salón, buscando un sitio vacío en los bancos, todos la reclamaban para tenerla cerca, y aun cuando fuera la clase de gramática, si estaba ella, y los niños podían ver sus ojos animadores y su boca juvenil que sonreía, y su vestido alegre, en la pesada tristeza de las cosas viejas que llenaban el aula, los minutos parecían tener alas y volar.

El maestro no se inmutaba por la presencia radiante, y seguía llamando al pizarrón, uno por uno, a los chicuelos, para que dieran la lección.

Les entregaba un mezquino pedacito de tiza, y se calaba las gafas para vigilar los garabatos que la trémula mano trazaba en el tablero. Y cuando el niño se equivocaba, corría él con el desgarrado faldón de su levita en la mano y borraba lo escrito.

—¿Quién mató a César?—decía a modo de comentario invariable, y los alumnos en coro gritaban:

—¡Bruto!

Don Serafín tenía una regla larga como un puntero, que manejaba nerviosamente. Se quitaba su casquete de seda, porque el mucho hablar le hacía sudar el cráneo; alzaba las gafas hasta la frente, donde revoloteaban algunos mechoncitos grises, con aire más divertido que el de los alumnos, y aquello era señal de que comenzaba la clase de gramática.

Llamaba a uno de los niños hasta su estrado; se envolvía cuidadosamente en la capa, celoso del misterio de su levita, y preguntaba alzando la regla y mirando al alumno con sus ojillos glaucos:

—¿Cuántos son los acentos?

El interrogado se quedaba pensativo, y don Serafín le insinuaba, marcando cada palabra con un reglazo en el pupitre:

—¡Tres! Agudo, grave y es... drú... julo.