Cuando decía "drú" se iba a fondo, con la regla a guisa de florete y pinchaba al niño en la barriga, con gran regocijo de la infantil concurrencia.

La lección de los acentos era, por su episodio, lo más ameno de la gramática.

Concluída la clase, los niños se ponían de pie y rezaban un avemaría, que entonaba el maestro, y luego con sus libros y sus gorras en la mano, salían en ruidoso tropel a la calle, dejando en el aire confinado del salón el polvo de los rojos ladrillos, flotando en un rayo de sol, que entraba a veces como una espada fulgurante.

Si estaba Rosarito, la última mirada era para ella, que se quedaba con el corazón estremecido, porque los amaba a todos.

Cuando su padre volvió, la mañana en que fué al Cabildo, no era ya hora de iniciar la clase, por lo cual despidieron a los niños que jugaban en las galerías, cerraron la puerta de calle, y llamaron a Insúa, que bajó de su buhardilla, contento como un prisionero libertado.

A él y a Rosarito les relató don Serafín su conferencia con el jefe de policía, detallando prolijamente la manera en que eludió toda contestación comprometedora.

Nunca había querido dejar adivinar de Insúa su pobreza rayana en la miseria, mas tuvo esa vez que confesar el episodio de la levita, mezclado con su pequeña aventura de esa mañana, y todo lo dijo sonriente, enrojeciendo a veces de vergüenza, pero satisfecho de su inesperada habilidad para burlar al fino sabueso del gobierno.

—Hoy Jarque vendrá a comer tus empanadas, Rosarito, hija mía...

La niña se alarmó oyendo aquello, porque sospechó que eso podría ser un pretexto para una visita del jefe, pero no el verdadero motivo. Sin duda quería comprobar lo dicho por su padre.

Se vistió con su sencillo traje de salir, y se fué al boliche de don Pablo Ferrer; pagó la cuenta, y se aprovisionó de lo que le hacía falta para confeccionar sus empanadas; y luego corrió a casa de don Patricio Cullen.