Llena de confusión refirió al caudillo de los revolucionarios aquella aventura de la levita, que la obligaba a pedir una, a fin de que Jarque la hallara, en verdad arreglándola al cuerpo de su padre. Y fué tan afortunada y hábil, que esa tarde, a la hora de la siesta, en que el jefe de policía acudió a la escuela, pudo obsequiarle con empanadas sacadas del horno, sirviéndoselas en una punta de la mesa del comedor y atendiéndole ella desde la otra, donde a toda prisa descosía una levita de don Patricio Cullen, para adaptarla al mezquino cuerpo de Aldabas, cuya voz se oía explicando la lección de los acentos.

Pero Jarque no se dejó engañar del todo. Los indicios que había sorprendido de estar cerca la revolución eran tan evidentes, que perdida una pista, buscaba otra, seguro de sorprender el complot.

Se estuvo toda la tarde en la escuela, porque teniendo la certeza de que la revolución no estallaría sin que Insúa llegara a la ciudad, quería a toda costa saber si él estaba ya en Santa Fe o iba a llegar de un momento a otro.

Cuando anocheció, algo decepcionado se despidió del maestro, que había concluído su clase y de su hija que seguía trabajando en la levita. Mas se fué tranquilo, porque la ausencia de Insúa podía significar que la revolución aún tardaría.

No bien se hubo marchado bajó Insúa de su escondrijo, donde había pasado cuatro mortales horas oliendo el cedro secular de las vigas del techo; y como era necesario prevenir para esa misma noche al dueño de la barraca donde se refugiarían los revolucionarios que llegaran por el río, aprovechó para salir la obscuridad que reinaba, con el cielo nublado, amenazando lluvia.

La barraca de Fosco, al Sur de la ciudad, a pocos pasos del arroyo Quillá, un brazo del río, era un vasto recinto cuadrado, con paredes de tapia, detrás de las cuales se amontonaban cargamentos copiosos de frutos del país, cueros, cerdas, huesos, lanas a la espera de un barco que los llevara a Buenos Aires.

El anterior dueño de la barraca se había arruinado, y un colono suizo de Helvecia, que logró algunos años de buenas cosechas, se quedó con ella y abandonó el campo.

Era Fosco; vivía con su familia haciendo un modesto negocio que le permitía tener influencia entre sus compatriotas, partidarios de Cullen todos, y esperar el triunfo de la revolución, que estaba dispuesto a ayudar, para tumbar el gobierno.

En la obscuridad de la noche Insúa vió aparecer a lo lejos la masa negra de la coposa arboleda que rodeaba la barraca, haciendo más discreto el refugio.

En esos lugares no había ya casas ni calles. Las carreteras, acolchadas de tierra blanda, transformadas por la lluvia en profundos barrizales, descendían la barranca hasta el desplayado del riacho. Cerca del agua, que no se veía en la sombra, al borde mismo de la pequeña barranca, crecía un aromito y a su sombra se alzaba una casucha de paja y de barro, de algún barquero, que vivía allí a la vera de su barca.