Ladraban los perros al áspero rumor de los árboles, que se mecían al viento en la sombría y misteriosa quinta de Fosco.

Insúa no pudo dejar de sentir un estremecimiento, como un aletazo del miedo, al llegar a aquellos lugares en que podía hallar la muerte, si Jarque daba con su pista.

Marchaba a grandes trancos, hundiendo sus botas en el barro para no perder tiempo en buscar senderos enjutos. Iba embozado en una capa, con que en las calles del centro había disimulado su figura, para pasar sin que le reconocieran.

Desde el portón de fierro que servía de entrada a la barraca, cerrado a esa hora, vió la casa blanqueando en la sombra, sin luz, como dormida.

Llamó con las señales que sus dueños conocían.

Fosco estaba advertido por el mismo don Patricio de la inminencia de una revolución, a la que se disponía prestar su concurso, tanto más apreciable, cuanto que la ubicación de la barraca debía esa vez hacerla poco sospechosa.

Generalmente los revolucionarios invadían la ciudad por el Norte, viniendo de las estancias de Cullen o de Insúa, y era casi seguro que el mayor empeño de la policía se pondría en vigilar el camino de Santa Rosa, descuidando la barraca a orillas del río, excelente lugar de desembarco, por la menor distancia a que de allí estaba el Cabildo, que iban a atacar.

A la señal de Insúa, un poderoso mastín de largas lanas se echó sobre la puerta, que poco después abrió Fosco, acallando al perro y recatándose aún, por si no eran los amigos que esperaba.