De una numerosa familia, Fosco no conservaba consigo más que a su mujer y a una hija, a quienes halló Insúa en la pieza del piso bajo de la casa, cuando entró con el suizo por guía.
—¡Señor capitán!—le dijeron al saludarle, y él notó en sus ojos la misma luz de inteligencia con que le acogiera el dueño de casa. Era gente fiel, dispuesta a servirle hasta la muerte.
Fosco andaba cerca de los sesenta años, pero de recia musculatura, y buen tirador, podía ser un buen soldado.
En el comedor, al lado de la alhacena, veíase colgado un rémington, enaceitado y limpio, señal del aprecio en que lo tenían.
Insúa sonrió echándole una mirada significativa.
—Señor capitán—le dijo Fosco.—En Helvecia éramos cien familias suizas. Todos los hombres tiraban como yo, y todos estaban y están hoy dispuestos a hacerse matar en la revolución.
Insúa le apretó la mano, sin decirle palabra, y tomó asiento al lado de la mesa, bajo la luz de la lámpara. Fosco y las dos mujeres permanecían de pie. Sabían que en aquella intentona por derrocar al gobierno se jugaban la libertad, la paz, la fortuna y quizás la vida, pero estaban dispuestos.
Como Insúa vacilaba en hablar, Fosco mandó a las mujeres que salieran del cuarto, y una vez solos dijo:
—Son fieles y discretas, pero es mejor que ignoren lo que ha de ocurrir.