—Así es—respondió Insúa.—Mañana vendrán nuestros amigos. Viajan en chalanas cargadas de leña, por el río, y atracarán en la costa del arroyo, a cien metros de aquí. Otros están llegando desde ayer, en carros y a caballo, como si fueran gente de campo que viene a hacer provisiones. Esta noche, llegarán los que faltan, y, sin duda, buscarán albergue en la barraca, para estar al habla. Son los más seguros los que así vienen, pero en las chalanas está el grueso de las fuerzas. Las manda Alarcón que sabe hacer las cosas y el indio José...

—¿José Golondrina?—preguntó vivamente Fosco.

—Sí; ¿lo conoce?

—Lo conozco; lo conocí en Helvecia—vaciló un momento y dijo:—Yo no lo creía bueno para esto.

—¿Por qué?

—No sé, a la verdad no sé; pero nunca me ha parecido hombre de confianza.

—Es mi asistente hace años—observó Insúa.

—Entonces debe ser bueno—contestó sin mucha convicción el colono.

Insúa continuó dando instrucciones, para que todos obraran de acuerdo y no se perdiera ni un minuto ni un hombre. Las revoluciones fracasaban siempre por falta de organización, y con esa dura experiencia, habían aprendido lo que valía el orden en toda batalla.

Cuando no tuvo más que recomendar, volvió a la ciudad, donde se encontraría con Cullen y Montarón.