Veíanse algunos faroles encendidos en las esquinas, uno precisamente en el ángulo que hacía cruz con la iglesia Matriz. Derramaba un fulgor mezquino, que parecía más débil ante el gran cuadro sombrío de la plaza, con sus negras acacias, que un viento suave mecía desgranando sus hojas secas.
Insúa tranquilo por la soledad de las calles, se atrevió a pasar cerca del farol, y al llegar a la esquina de la escuela, se encontró bruscamente con Jarque.
Supo que era él, porque al moverse para no cruzarse en su camino, observó que rengaba, mas tuvo la esperanza de que no lo hubiera conocido, por lo que iba embozado en la capa, y para despistar sus sospechas no se detuvo ante la puerta del maestro, sino que pasó de largo, como si allí no viviera.
Sintió que le seguía y apretó el paso, con la seguridad de adelantársele y anduvo así, un cuarto de hora, haciendo recodos, y cruzando calles; cuando supuso que el jefe de policía había abandonado su persecución, regresó a la calle de la Matriz.
El farol de la esquina se había apagado, y era extraño, porque el viento apenas soplaba.
Nada se veía en la calle lóbrega. El almacén de Ferrer estaba cerrado, y todo el barrio, parecía dormido bajo los oscuros tejados a dos aguas. En una guardilla, a lo lejos temblaba una luz.
Llegó Insúa hasta la puerta de la escuela, y la empujó de golpe, y al entrar vió que del hueco de una puerta casi contigua, salía un hombre, que sin duda estuvo al acecho.
Comprendió que Jarque en vez de seguirle a través de las calles, sospechando quién era, lo había aguardado allí, para cerciorarse de ello, y averiguar lo que tanto le interesaba.
Era un episodio lamentable, porque obligaba a los revolucionarios a variar sus planes.