VII
El indio José
En los sauzales del arroyo de Leyes acamparon los hombres que mandaba Juan Alarcón.
Era la época de las lluvias y los campos bajos del litoral estaban anegados. El Saladillo Dulce, riacho que allí cerca se juntaba con el arroyo de Leyes, y que suele ver mermar su caudal de agua hasta secarse enteramente, entonces tenía un ancho de media legua y avanzaba en una turbia napa que el viento rizaba en olas pequeñas, fatigando las plantas acuáticas que se alzaban del fondo y salían al sol, sirviendo de guía a los que se aventuraban por el curso tortuoso y difícil.
Insúa había ideado bien aquella invasión de la ciudad por el río. La inundación había hecho huir a los escasos pobladores de las márgenes, y la pequeña expedición que se embarcó en el Saladillo, a la altura de Helvecia, de donde había llegado cruzando a caballo campos de Cullen, hizo el viaje sin hallar a nadie.
Navegaba en dos grandes lanchones de fondo plano que podían marchar en dos cuartas de agua, y llevaban a popa del mayor una pequeña canoa para explorar los bañados.
En las isletas verdes y montuosas, que se alzaban como una ondulación de aquellas tierras bajas, veíanse ranchos, de los cuales uno que otro seguía habitado por míseros paisanos, que vivían en el agua, pescando con espinel o cazando nutrias para trocar sus cueros en las pulperías de tierra adentro por azúcar y yerba o tabaco.
Al ver pasar los lanchones llenos de gente, acostumbrados como estaban a las repetidas intentonas revolucionarias, y vecinos de los Cachos, paraje donde los Cullen tenían una de sus estancias, habitual refugio de los opositores, adivinaban el objeto de la expedición.
Una de las lanchas llamábase "Mocoretá".
Era la mayor, tenía un medio puente y a bordo cabían holgados 30 hombres. Una trinquetilla que hinchaba el viento húmedo del Este la hacía marchar.