[4] Quien desee saber más noticias de la vida del nieto de San Fernando, consulte el t. III de la Historia Crítica de Amador de los Ríos, y no eche en olvido el consejo de Argote: «el lector puede ver la crónica del Rey Don Alonso XI, donde muy particular memoria del se hace». La crónica de Alonso XI en la Biblioteca de Rivadeneyra, t. LXVI. El Señor Jiménez Soler prepara hace años un estudio acerca de D. Juan Manuel.
El alma de D. Juan Manuel, los hechos de su vida, y sobre todo sus obras, nos la muestran tal cual fué, con todos sus defectos—que eran los de su tiempo—, con todas sus excelsas cualidades, a muy pocos discernidas; cómo fué su cuerpo, lo sabemos también; en una oscura capilla de la Claustra de la Catedral de Murcia figuran su retrato y el de su hija la Reina de Castilla Doña Juana, como orantes en un retablo firmado por el pintor modenés del siglo XIV Barnabas de Mutina[5]. Don Juan Manuel, de barba y cabellos canos y luengos, viste túnica de grana, está de hinojos ante Santa Lucía; es éste quizá el primer retrato pintado que de un escritor español se conserva: sus ojos son hermosos y rasgados, fina y larga la nariz; nobles las facciones, que expresan inteligencia, energía y desengaño.
[5] Al lado opuesto, y orante también, una dama coronada, Doña Juana Manuel, hija de Don Juan, y mujer de Enrique II. Creíase en Murcia eran retratos de los Reyes Católicos; al ilustre arqueólogo señor González Simancas se debe la verdadera identificación; el retablo es una obra importantísima firmada en Génova por un pintor modenés llamado Bernabé, que firma varios cuadros de 1367 a 1376; nacido en Módena, pintó allí entre 1364 a 1380, en Génova en 1364, 70, 80 y 83 en Pisa y en el Piamonte. (Vid. Tormo, Cultura Española (1907), VII, pág. 849.) Corrado Ricci (The Burlington Magazine, «Barnaba da Modena», Noviembre de 1913) desconoce la noticia del retablo de Murcia.
Mucho escribió D. Juan Manuel—Historia, Caza, Política, Moral, Teología...—increíble parece hubiera vagar para ello quien hizo reales los versos del Romancero
Mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear.
El ambiente de la corte, a pesar del amor a la cultura de Alfonso X y Sancho IV, no era muy propicio al constante cultivo de las letras, y D. Juan Manuel era motejado por los grandes señores de la época, a los cuales contestaba con frase que hoy mismo pudiera repetir: «pienso que es mejor pasar el tiempo en facer libros que en jugar a los dados o facer otras cosas viles».
Tuvo Don Juan Manuel conocimiento de todo el saber de su siglo[6]; mas su inclinación le llevaba a la Historia y a las «historias»; no hubo colección de cuentos cristianos y orientales que no conociese y que en su memoria no dejase profunda huella, y tan bien se fundían en su espíritu las fábulas de lejana estirpe budista, las consejas y leyendas de Occidente y los sucedidos casi contemporáneos, que con razón dijo de él Rosenkranz: «fué el intermediario entre la novelística oriental y la de Occidente». Tan varias son las fuentes de sus cuentos, que, al decir de Menéndez y Pelayo, «parece imposible reunirlas en tan corto espacio», no hay en el Conde Lucanor ningún relato original; como tampoco lo hay en el Decamerón; la grande originalidad está en el estilo. Al fin de cada cuento encontrará el lector algunas notas acerca de su origen y difusión, en las que claramente se verá lo que aquí se advierte; Knust, en su edición, ilustra minuciosamente las fuentes de cada apólogo, pero acaso extrema los detalles y olvida a veces datos que creo de interés anotar.
[6] A mi docto amigo el R. P. Guillermo Vázquez, de la Orden de la Merced, debo la noticia de un maestro de D. Juan Manuel. En el fol. 88 del t. XLIII de la colección Salazar, en la Academia de la Historia, se halla copia de un epitafio del monasterio de la Trinidad, de Toledo; dos partes tiene la inscripción: latina una, en romance la segunda; casi sin sentido la primera; de ella se deduce era el muerto de estirpe «inclita portugalensis»; los renglones castellanos dicen: Finó Martín Fernández Pantoja, ayo de Don Juan, fijo del Infante Don Manuel, a cinco dias de marzo, era de M. CCC XXVII (1289). Tal vez alguno de los cuentos y consejos de Patronio son recuerdo de las lecciones de este hasta hoy desconocido maestro de la niñez de Don Juan Manuel.
La lengua de D. Juan Manuel es la misma de Alfonso el Sabio; lengua pulida y cortesana ya, en medio de su ingenuidad; está libre de todo amaneramiento retórico; fué el primer escritor de nuestra Edad Media que tuvo estilo en prosa, como fué el Arcipreste de Hita el primero que lo tuvo en verso, y se nos muestra como un estilista superior, en frase del señor Menéndez Pidal.