Et don Alvarhanez fuese adelante et iba con él su sobrino. Et doña Vascuñana vinía en pos dellos. Et desque hobieron andado así una pieza, don Alvarhanez et su sobrino fallaron una grand pieza de vacas. Et don Alvarhanez comenzó a decir:
—¿Viestes, sobrino, que fermosas yeguas ha en nuestra tierra?
E cuando su sobrino esto oyó, maravillose ende mucho, et cuidó que gelo dicía por trebejo, et dijol que cómo dicía tal cosa, que non eran sinón vacas.
Et don Alvarhanez se comenzó mucho de maravillar et decíale: que recelaba que había perdido el seso, ca bien veíe que aquellas, yeguas eran.
Et desque el sobrino vió que don Alvarhanez porfiaba tanto sobre esto, et que lo dicía a todo su seso, fincó mucho espantado et cuidó que don Alvarhanez había perdido el entendimiento.
Et don Alvarhanez estido tanto adrede en aquella porfía, fasta que asomó doña Vascuñana que vinía por el camino. Et de que don Alvarhanez la vió, dijo a su sobrino:
—Ea, don sobrino, he aqui doña Vascuñana que nos partirá nuestra contienda.
Al sobrino plogo desto mucho: et desque doña Vascuñana llegó dijol su cuñado:
—Señora, don Alvarhanez et yo estamos en contienda, ca él dice por estas vacas, que son yeguas; et yo digo, que son vacas; et tanto habemos porfiado que él me tiene por loco, et yo tengo que él non está bien en su seso. Et vos, señora, departidnos agora esta contienda.
Et cuando doña Vascuñana esto vió, como quier que ella tenía que aquellas eran vacas, pero pues su cuñado le dijo que dicía don Alvarhanez que eran yeguas, tovo verdaderamente ella con todo su entendimiento que ellos erraban, que las non conoscían, mas que don Alvarhanez non erraría en ninguna manera en las conoscer, et pues dicía que eran yeguas, que en toda guisa del mundo que yeguas eran et non vacas.