LA FILIPINA EN LOS PRIMITIVOS TIEMPOS

La influencia de la mujer sobre el varón data de la época primitiva.

No es cierto, es pura invención, lo que el elegante escritor filipino, Dr. Paterno, en su libro La Antigua Civilización de Filipinas, escribe relativo á que «Iday, Sinang, Titay y Daga han dirigido y gobernado el pueblo luzónico[4] á impulsos de sus femeniles sentimientos.»

Pero hay mucha verdad en el fondo.

Como ocurre siempre en las naciones jóvenes ó nacientes, Filipinas estaba dominado por la aniteria ó fetiquismo malayo, y naturalmente los sacerdotes ejercían influencia sobre el pueblo, hecho juguete de sus oráculos. Pues bien, la mayoría de esos ministros eran mujeres.

Estas sacerdotisas se llamaban entre los tagalos Katalonan, entre los visayas Babailan, entre los monteses de Abra Baglan, y entre los pangasinanes, managanito.

Las sacerdotisas eran astutas y muy listas, aunque su buena fé y decoro andaban por los suelos.

En los sacrificios vestían unos estrambóticos trajes con una cabellera amarilla postiza, sobre la cual ostentaban una especie de diadema, llevando en la mano un abanico de paja. Y la que servía de sacristana ó ayudante, que era una jóven, aprendiz y aspirante á babailan, llevaba una caña delgada, como los maestros de ceremonias su varita.

En casos de enfermedad se sacrificaban cerdos ó gallinas, según los recursos del paciente. Comenzaban dichos sacrificios colocándose, en un altar convenientemente adornado, la víctima con otros comistrajos y bebidas. En esto, la sacerdotisa rompía á bailar al són de ensordecedores tambores, ramas de palmera y trompetas de caña, haciendo ademanes y visajes muy análogos á los que hasta ahora se vea en las batallas de las comedias filipinas y alzaba con frecuencia los ojos á lo alto, fingiendo ver y hablar con siniestras visiones. Da ella una lanzada á la víctima y con la sangre los concurrentes se mojan la frente y untan al enfermo. Baila otra vez y cae al suelo como extasiada cierto tiempo, y una vez recobrada la razón cuenta las inspiraciones que dice haber recibido de los dioses durante su éxtasis, cuyas inspiraciones son ambiguas, de tal modo que sea cual fuese el resultado ó desenlace de la enfermedad, tenía siempre la sacerdotisa subterfugio y era en vano tratar de cogerla una mentirosa profecía. Despues limpiaban y asaban la víctima y se la repartían, correspondiendo á la sacerdotisa la mejor parte, ademas de la paga que recibía. Estos sacrificios se practican hasta ahora por los monteses de Luzón.

A veces, cuando el enfermo era un principal (especie de noble), se inmolaban hasta esclavos para aplacar la ira de los anitos, y en Cebú la sacerdotisa atravesaba con una lanza á las víctimas.