—Si yo considerara su manera de contestar como falta de respeto, ahora mismo estaría Vd. en el calabozo; pero gracias que conozco su apacible carácter y comprendo su ignorancia; Vds. los negociantes creen que todo se arregla con cuentas claras. Están equivocados; y no sea V. tonto rechazando la cabecería, el padrón y las cédulas, porque eso no quita que sea V. cabeza, y en el día de pagar á la Administración lo que debe su cabecería, usted haya cobrado ó nó, aceptado ó no el cárgo, tendrá, forzosamente que abonarlo todo, como si hubiera colocado todas las cédulas. Con que, amigo mio, V. sabe en cuánto le aprecio, y si cree, como supongo, en mis palabras, es mejor que V. se lleve las cédulas para ver de colocarlas, y así abonará poco ó mucho, pero no todo.
—Entonces, déme V. dos días de plazo para meditar lo que más me convenga.—Contestó Isio, y se fué derechito á consultar con un anciano ex-gobernadorcillo, y por consiguiente muy ducho en el asunto.
II
—Buenas noches, capitan Bindoy, dijo Isio al ex-pedáneo.
—Muy buenas las tenga V., Sr. Cabeza de Barangay,—contestó el viejo, recalcando el tono al pronunciar estas últimas palabras.
—Hombre, ¿cuándo lo ha sabido V.?
—Acaso antes que V. mismo: por el bandillo en que se advirtió al público que sus bienes quedan afectos á las obligaciones de la cabecería que desempeña.
—Precisamente, vengo por eso de ver á nuestro pedáneo y estoy aquí para consultarle sobre el particular.
—Nada, amigo; le ha tocado el premio gordo, como satíricamente se dice.