—Y su padre, ¿cómo ha perdido sus bienes?… Cuando yo fuí cabeza, en vez de perder mi casa, adquirí otra por razón del cargo.
—¡Milagro!
—No crea V. en milagros, papamoscas. La cosa fué muy sencilla. La gente de esta provincia es muy ignorante y tímida, y el que tenga dos dedos de frente vive divinamente á costa de ellos. Cuando recibí el padrón ó lista de los que yo debía cobrar, noté que faltaba más de la mitad: unos estaban ausentes en lejanos lugares, otros desconocidos, y otros muertos.
—Habrá V. exigido que renovasen la lista.
—Eso era perder tontamente el tiempo y el dinero: lo primero, porque el expediente que se instruiría por cada ausente, no terminaría hasta el fin de los siglos; y lo segundo, porque los expedientes se extenderían en papel de oficio ó de ocho cuartos pliego, á costa mía, y tendría además que asoldar un escribiente y director al mismo tiempo, que siendo de los pocos que saben hacer estas cosas, se vendería carito.
—Y entonces ¿qué ha hecho V.?
—Pues hacer pagar á los presentes lo que debían los ausentes. Conocía yo donde vivían los primeros, y solía visitar á los del campo, es decír, aquellos á quienes impunemente podía exigir regalos de huevos, gallinas, cerdos, frutas, etc., que vendidos, valían dinero. Además emprendí levantar una casa: á unos pedí que me trajesen del bosque maderas; á otros bejuco, cogon y otros materiales; y á todos á trabajar, dándoles á veces, no salarios, sino algunos cuartos.
Esto á nadie chocaba, pues ya sabe V. que es costumbre inveterada.
—Y del servicio personal, ¿qué sacaba?